Bajen y vean

Les recomiendo un bonito itinerario si viven o si vienen a Barcelona. Se trata de recorrer aquellos ámbitos que creíamos conocer y mirarlos desde otra perspectiva. Se trata, por ejemplo, de que de vez en cuando, en un día neblinoso, se dejen llevar por las Golondrinas para imaginarse la primera visión del náufrago llegando a nado a la tierra segura de la Barceloneta o para experimentar que todos los puertos con niebla son en realidad el mismo puerto en el que algún día los marineros dejaron un amor y llegan de nuevo a recuperarlo.
Se trata también de que entren de nuevo en la catedral por la entrada que lleva al claustro, allí dónde están las ocas, dispuestos a inventar caminos. Se sorprenderán de que en la entrada les hagan pagar cinco euros. Preguntarán al guardia los motivos de ese extraño peaje. Y el guardia, con acento andino, les responderá que esa tarifa solo se paga de la una a las cinco de la tarde, y allí un taquillero idéntico a Hugo Chávez les dará una entrada para gozar de la casi soledad de un edificio infinito.
Pero lo importante es inventar caminos en el claustro. Y entre las ocas y los jilgueros, se yergue desde hace unos días la efigie de santa Elena. Es una estatua de cerca de cuatro metros de altura revestida de esa patina verdiazul del bronce a la intemperie. Un cartel nos cuenta que esa estatua de santa Elena se encontraba en la cúspide del pináculo mayor de la catedral. Durante muchos siglos la catedral basílica de Barcelona no tenía fachada. Las crisis de la construcción no son nuevas. Pero llegó el mecenas de turno, llamado Manuel Girona, y se dispuso a pagar la fachada que todos conocemos. Quien paga, manda. Y Girona decidió que el cimborio de la catedral fuera rematado por esa estatua dedicada a santa Elena, porque Elena se llamaba la mamá del mecenas.
Por cinco euros me quedé extasiado ayer viendo aquella imagen que había estado durante un siglo en lo alto de la ciudad y que ahora, por una cuestión de obras, había descendido a pie de calle. No es frecuente ese descenso de las divinidades. Generalmente, los santos –lo cantaba Louis Armstrong–se van al cielo. Santa Elena junto a las ocas y los gatos, junto a las parejas de enamorados que buscan el refugio de los claustros y los devotos que van a encender sus velas, es una verdadera novedad tras tantos años rascando el cielo con su cruz.
Le cuento todo esto a esta magnífica escritora que es Catalina Gayà y ella me habla de un fenómeno parecido que tuvo lugar en Chiapas, en la parroquia de San Juan Chamula. Por lo visto, la iglesia se incendió y no se encontró al culpable. La comunidad de San Juan decidió que, si no había culpable, era evidente que los incendiarios de la iglesia eran los propios santos. Fue así como las imágenes de los santos fueron descendidas del pedestal y dejadas a ras de suelo durante 100 años como pequeño acto de justicia.
Doy por bien pagados los cinco euros y me despido del taquillero Hugo Chávez, a quien deseo que esté empadronado y tenga todos sus papeles en regla. Pienso en Vic y en esa necesidad que tienen los ayuntamientos de hacer que sus cuentas cuadren. Los inmigrantes dichos ilegales solo tienen su padrón y ahora les quieren quitar ese pequeño papel. Pero los locales solo tienen su presupuesto y conviene contar cuántos ciudadanos son beneficiarios y cuántos contribuyentes. Tal vez de lo que se trata es de bajar de las alturas y empezar a analizar tranquilamente los problemas que solo se ven desde el nivel de la calle.

fuente/elperiodico.com/

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